Recuerdo que lo vi en la estación del metro, en ' La Bastilla'. Aquel día, el aire frío que se colaba en los túneles de las vías, hacía que mi garganta se secara y mi piel se erizase. Eran sobre las doce del mediodía, tenía que coger el metro para poder volver a casa cuando,escuché entonces una voz femenina en Francés que anunciaba la llegada del próximo tren en apenas un minuto.
Ni tiempo me daba a sentarme, así que rebusqué en el bolso hasta encontrar el billete. Y cuando por fin lo tuve en mi poder, el tren ya se hacía notar con sus luces y su habitual tranganeo de estruendos y agudos chirridos del desgaste de las vías al frenar.
Entré, busqué un sitio y cuando lo tuve localizado con la mirada, me senté.
Entonces lo vi. Era él, lo supe, lo sentí.
Sonreí y noté como mis mejillas se encendían rápidamente. Entonces el se rió, me miró, seguía haciéndolo y no separaba su mirada ni un instante.
Nuestra entretenida conversación de miradas y sonrisas terminó cuando él, bajó en una de las paradas mientras que yo seguía en el tren, siguiéndolo con la mirada y sumiéndome en una , ahora importante, depresión.
Había tenido la suerte de verle de nuevo, pero ni siquiera sabía si esa había sido la última vez.

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